El banquete de las cifras y el hambre de las horas: Porque engordar no es florecer

"El éxito de un modelo no se puede medir solo con datos macroeconómicos, ni mucho menos con etiquetas ideológicas"

El banquete de las cifras y el hambre de las horas: Porque engordar no es florecer

En América Latina, el reciente debate sobre la reducción de la jornada laboral en Brasil ha desatado una tormenta predecible. Los críticos se han apresurado a tachar la medida de mera estrategia electorera. No debería serlo. El error clásico, tanto de la izquierda como de la derecha latinoamericana, ha sido el de importar modelos ajenos a su realidad, olvidando que garantizar una mejor calidad de vida debería ser prioridad de cualquier partido político, más allá de cálculos electorales.

Las economías más avanzadas y con los Índices de Desarrollo Humano (IDH) más altos tienen, en su mayoría, jornadas laborales más cortas. Francia exige una semana de 35 horas; Dinamarca de 37; Bélgica y Australia de 38. Incluso Canadá, referente ineludible de calidad de vida, mantiene un estándar legal en torno a las 40 horas, pero con un promedio real trabajado de 37 horas semanales. El gran reto para los países en vías de desarrollo al intentar emular estos beneficios es que deben competir en la arena global contra economías de altísima productividad y mejor tecnología.

Sin embargo, los números fríos no cuentan la historia completa. Medir el éxito de un país únicamente por su porcentaje de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) es un espejismo. Una regla económica, el llamado "efecto de convergencia", nos recuerda que las naciones ricas (como Estados Unidos o Alemania) crecen a tasas más bajas porque están cerca de su máximo potencial productivo. Mientras tanto, los países en desarrollo tienen la pista libre para crecer mucho más rápido.

Brasil es una economía que supera en tamaño a la mexicana y una de las 10 más grandes del mundo. En los once años que Luiz Inácio Lula da Silva ha gobernado, su PIB creció a un promedio de 3.75%. Al final de su segundo mandato (2010), el gigante sudamericano alcanzó su mayor crecimiento en 24 años. Si observamos esos mismos once años, el crecimiento promedio de Estados Unidos fue de 2.05%; el de México, un anémico 1.9%; y el de China, un arrollador 9.39%.

La lectura superficial sugiere una paradoja: El autoritarismo de izquierda chino y la centroizquierda electoral de Lula desarrollaron más sus economías en ese mismo periodo. Y, ciertamente, también han existido dictaduras y gobiernos de centroderecha que han hecho crecer sus economías. Pero la verdadera interrogante late en las sombras del progreso: ¿Con qué grado de democracia y a qué costo? Si observamos con más profundidad, debemos preguntar: ¿Se resolvió el reto de la desigualdad? ¿Quién enfrentó mejor el cambio climático? ¿Quién elevó genuinamente su Índice de Desarrollo Humano? Las mediciones globales actuales (como el Índice de Desempeño Ambiental y los reportes del PNUD) revelan que las democracias nórdicas y naciones como Canadá lideran abrumadoramente en desarrollo ecológico y humano, mientras que los gigantes industriales pagan sus tasas de crecimiento con un grave deterioro ambiental y disparidad social.

El tamaño del pastel importa, pero el ingreso per cápita revela mucho más sobre la riqueza real de la gente. Hace 30 años, la diferencia entre la riqueza por persona de México y la de China era abismal, a favor de los mexicanos. Hoy, esa brecha se ha cerrado casi totalmente, ilustrando el desarrollo acelerado de Asia y el estancamiento crónico de México. En 1996, México tenía un PIB per cápita nominal de $3,900 dólares y China apenas $700, una métrica que simplemente divide la economía en dólares entre sus habitantes. Hoy (2024-2026), México ronda los $13,800 dólares y China oscila entre $12,600 y $13,500.

Pero si cruzamos el umbral hacia el PIB por Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), que es la métrica más realista, pues ajusta los dólares para reflejar lo que realmente cuestan la comida, la renta y los servicios en cada país, la historia es dramática. En 1996, México tenía un PIB-PPA de $7,600 dólares internacionales; China, apenas $1,800. En la actualidad (2024-2026), México alcanza los $24,900 y China llega a los $25,000. La economía china creció de manera tan agresiva que logró multiplicar el ingreso real de su inmensa población 13 veces en solo tres décadas. De hecho, es un error subestimar su verdadero tamaño: Aunque nominalmente EE.UU. sigue siendo la economía más grande, si se mide por PPA (el estándar del FMI y el Banco Mundial), la economía china supera a la estadounidense desde 2014.

Las cifras de la OCDE revelan otra ecuación. Independientemente de las legislaciones nacionales, el trabajador alemán, motor industrial de Europa, labora apenas 1,332 horas al año con altísima productividad. El estadounidense sostiene su hegemonía entregando 1,800 horas, pero los trabajadores de tiempo completo promedian entre 41.5 y 44 horas semanales. México es el miembro de la OCDE que promedia mayor número de horas trabajadas anualmente, con 2,205, mientras la arrolladora maquinaria china devora a sus ciudadanos promediando más de 2,500.

Es evidente entonces que el éxito de un modelo no se puede medir solo con datos macroeconómicos, ni mucho menos con etiquetas ideológicas. De nada sirve tener la economía más grande del mundo, como EE.UU., o la más acelerada, como China, si esa riqueza no se traduce en dignidad y bienestar para la mayoría, como ocurre con las jornadas laborales europeas.

México, con su promedio de 1.9% de crecimiento, ilustra la tragedia institucional. Crecer poco es grave, pero su problema real es que está desmantelando sus contrapesos institucionales, sin resolver sus altos índices de impunidad y corrupción. En contraste, Brasil, con todos sus defectos históricos y su 3.75% de crecimiento bajo Lula, ha demostrado mayor resiliencia cívica, defendiendo mejor el Estado de Derecho al procesar y encarcelar incluso a sus expresidentes, tanto de "izquierda" como "derecha".

El éxito de un modelo no reside en su pureza ideológica, sino en cómo esa riqueza mejora el desarrollo humano, cómo protege el medio ambiente y cómo preserva la democracia. Al final, si los ceros en las cuentas nacionales solo ensanchan la riqueza de una cúpula mientras exigen la vida entera del trabajador, el crecimiento es una estafa. La prosperidad que no se traduce en tiempo, dignidad y libertad para la mayoría no es desarrollo económico; es, simplemente, una forma más de explotación.

rikkcs@gmail.com

Ricardo Castro Salazar
Ricardo Castro Salazar

Especialista en relaciones binacionales y política fronteriza. Fui consejero del Gobierno de México y presidí la Comisión de Asuntos Fronterizos del IME. Cuento con una sólida trayectoria como catedrático, decano y vicerrector en Pima Community College (Tucson, Arizona).