En esa reunión del primer círculo de aquel líder debía decidirse lo necesario para incrementar los ingresos del Gobierno. No había demasiadas alternativas: los costos de los programas sociales que venían ampliándose, así las cuentas por pagar de la administración pasada, les había orillado a buscar hasta por debajo de las piedras.
Ojo aquí, que ya habían pasado la etapa de los recortes.
Porque el primer paso que suelen dar los gobiernos con problemas económicos está en los recortes, dejar de surtir presupuesto en algunos lados y descobijar algunos temas, para apuntalar aquello que les interesa. En esa etapa se empieza con lo menos importante según el criterio de quienes deciden, se sigue con los que menos ruido hacen y se concluye agarrando parejo, tapando un hoyo presupuestal con otro.
Primero se recorta, porque se nota menos. Incrementar la recaudación, por el contrario, implica cargarle más a quienes cumplen, molestar a quienes no estaban en el panorama, hacer una lista de razones nuevas para justificar el nuevo ingreso. Y para entonces los servicios decayeron, los bienes no circulan, los estantes están vacíos.
Total, que estaba aquella reunión y el líder quería escuchar ideas creativas de su equipo. Entre los presenten, algunos voltean al techo buscando inspiración; otros hurgan entre los papeles que tienen en el escritorio.
Fue entonces que alguien —da lo mismo saber quién—, lo propuso: "Habrá que cobrar la entrada al Parque Central", afirmó. Apoyó su razonamiento señalando un plano ubicado al costado del escritorio. Todos ahí conocían el lugar, uno de los primeros sacrificios de la etapa de los recortes, poco más de cuatro hectáreas con vegetación natural al que hacía tiempo no se le arreglaba ni una banca o se le reponía algún bote de basura.
"La asistencia ha disminuido, según parece. No tenemos datos concretos, pero el responsable me ha dicho que percibe menos gente y, según cree, se debe a que ya no se considera como un buen lugar para estar en familia, porque la basura se acumula, porque no tiene barda perimetral y hasta hay una leyenda urbana sobre un problema de inseguridad dentro del terreno".
"¿Y cómo cobras la entrada a ese lugar donde la gente ya no quiere ir?", le cuestionó el segundo al mando, buscando la aprobación del líder quien prefiere el desgaste entre los suyos antes de atravesarse en alguna discusión que le impida maniobrar.
"Mataremos varios pájaros de un tiro, ya verán", reviró el proponente. "Se levanta una barda perimetral, tiene su costo por supuesto, pero acallará a quienes han reclamado la falta de inversión en el lugar. Para quienes empiecen a decir que se está privatizando un espacio público, les armamos una campaña diciendo se trata de una estrategia a favor de la seguridad y contra eso, nadie. No se dirá que es un cobro, sino una cuota de mantenimiento. Ya hice mis cálculos y cobrando una cantidad no tan alta se recupera lo de la barda, se ingresa más dinero, se rescata un espacio que tuvimos que abandonar, y todos felices".
Quien propuso, levantó una hoja y todos ahí pudieron ver garabatos, algunas operaciones matemáticas: un par de multiplicaciones, algunas restas. Encerrada en un óvalo, una cifra nada despreciable: alguna idea parecía mejor que ninguna idea.
La sonrisa del líder fue la aprobación, y la maquinaria comenzó a ejecutar el plan.
Pero el tiempo pasó y el asunto nada solucionó. Por el contrario, agravó y abrió varios otros frentes.
No llegó a saberse si el ingreso esperado podría alcanzarse, pero es probable que las expectativas no fueran satisfechas porque las multiplicaciones y restas no partieron de presupuestos o evidencias sino en conjeturas y supuestos. Pero ni siquiera se llegó a eso, pues el asunto de la barda perimetral se atoró por un contrato mal elaborado y nunca pudo resolverse quién cobraría la entrada, quién elaboraría los boletos, quien controlaría todo el sistema, asuntos que no se incluyeron en el planteamiento y que también tienen un costo.
Se comparte como ficción, pero en ocasiones la realidad le supera.
Todo Gobierno tiene una lista de decisiones mal tomadas, asuntos urgentes que apresuran aprobaciones, que condicionan ejecuciones que termina de manera equivocada. Ya que cada quien adapte y le ponga nombres y caras a la historia.




