Hablar de la memoria e identidad de Hermosillo nos puede parecer algo sencillo hasta que intentamos ponernos de acuerdo. Por lo general, casi todos podríamos pensar en las mismas imágenes; el Cerro de la Campana, la carne asada, los dogos, el beisbol y el calor de todos los días. Si nos vamos un poco más atrás, nos acordamos de los ranchos y de las familias que llegaron de los pueblos de la sierra y el río Sonora. Tal vez de forma más reciente, nos empezó a gustar presumir que somos una ciudad empresarial y moderna cerquita de Estados Unidos.
Durante años se contó la idea del sonorense como un "vencedor del desierto". Esa historia hablaba de hombres duros y trabajadores que hicieron florecer una tierra hostil. Junto con ese relato, se le dio mucho valor a las familias de origen español o europeo, las cuales fueron trayendo el supuesto progreso. El problema de esa versión es que hace parecer que el desierto estaba solo antes de ellos, y eso no es cierto.
La historia de esta ciudad no se entiende sin los pueblos indígenas. Los pimas, seris y yaquis siempre han estado aquí. Me resulta extraño el hecho de que tuvieron un papel enorme en la conformación de la ciudad, pero hoy casi no aparecen en la imagen que la ciudad presume de sí misma.
Villa de Seris es un claro ejemplo. A finales de la época colonial, las autoridades trajeron a familias seris a vivir al sur del río Sonora. Con el tiempo, los comcáac fue desapareciendo de la zona y llegaron los mestizos. La ciudad creció y terminó absorbiendo al pueblo. Hoy relacionamos a "Villa de Seris" con las coyotas y la fiesta de la Candelaria, pero hemos olvidado la historia de la gente que le dio ese nombre.
Con los yaquis pasa algo parecido. Desde 1748 los primeros colonizadores trajeron a prisioneros yaquis a construir el Presidio del Pitic, y para el siglo XIX ya vivían aquí de forma permanente. Barrios como El Mariachi, La Matanza y El Coloso han tenido una presencia yaqui muy importante a lo largo de su historia. Con el paso de los años, mientras Hermosillo crecía y se extendía, las familias yaquis siguieron celebrando sus tradiciones y cuidando su historia. Poco a poco la ciudad fue rodeando sus barrios, pero nunca los incluyó del todo en su imagen.
Lo mismo podríamos decir de los miles de migrantes del centro y sur del país que hoy forman gran parte de la población de Hermosillo. Llegaron para sostener la industria, el comercio y los campos agrícolas, aportando su trabajo. Sin embargo, su presencia suele tratarse como algo ajeno, ignorando que la ciudad actual debe su vida cotidiana y su crecimiento económico tanto a ellos como a sus pobladores más antiguos.
¿Por qué no nos vemos reflejados en estos pueblos y grupos a pesar de que hemos convivido con ellos desde siempre? Quizá la respuesta es que no todos tienen la misma capacidad para hacer que su memoria forme parte de la historia de la ciudad. Las familias con más dinero o poder pudieron poner su nombre en calles y monumentos y hacer parecer que su historia y estilo de vida fue lo que marcó a la ciudad. En cambio, las comunidades indígenas y migrantes no tuvieron los mismos recursos para pelear por un lugar en la historia de Hermosillo. En ese sentido, me gustaría plantear la idea de que la memoria funciona como una disputa donde las reglas no son parejas, la historia que termina contando una ciudad responde a quién tuvo el poder de imponerla y no necesariamente a quiénes la construyeron en el día a día.
Ignorar la memoria de los grupos o pueblos que han quedado fuera del "gran relato" de la historia de la ciudad puede empobrecer la manera en que entendemos nuestra propia identidad y alimentar un racismo cotidiano. La sociedad hermosillense constantemente intenta encajar en una imagen ajena, aspirando a modelos externos mientras rechaza sus propias memoria y orígenes. El problema viene cuando el relato que se ha impuesto válida únicamente el pasado construido por las élites y se juzga y se hace a un lado a cualquiera que no corresponda con ese ideal. Si a un grupo lo borran de la historia de la ciudad, se vuelve fácil ignorarlo y discriminarlo en el presente, en ese sentido, la memoria se convierte en una forma para excluir y marginar a quien no encaje en el molde de los privilegiados.
Reconocer esas historias no implica que borremos las que ya conocemos, me parece que más bien es una oportunidad para aceptar que Hermosillo siempre ha sido más diversa de lo que nos gusta imaginar. Volviendo a la pregunta inicial, tal vez la pregunta de fondo no se trata solo de buscar de quién es la memoria de Hermosillo, quizás la verdadera cuestión es reconocer quién tiene el derecho a decir que esta ciudad también le pertenece.

