Caminar por Brujas, Bélgica, fue entrar en una estampa medieval que continúa viva. Entre calles empedradas, canales, callejones y carruajes, descubrí que conservar una ciudad no significa inmovilizarla. Significa cuidarla, administrarla y actualizarla con inteligencia para que siga perteneciendo a sus habitantes.
UNA CIUDAD QUE CONOCE EL VALOR DE SU HISTORIA
Brujas no exhibe su pasado como una pieza encerrada en un museo. Lo comparte en la vida cotidiana. Sus edificios, plazas, puentes, templos y canales conservan una armonía que permite imaginar el movimiento comercial de la Edad Media. No es casualidad: Durante siglos fue una metrópoli mercantil en el corazón de Europa y su centro histórico es reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial.
Por sus calles avanzan elegantes carruajes tirados por caballos que parecen conocer su importancia. Altivos, fuertes y bien cuidados, recorren una ciudad que revive su historia sin convertirla en una caricatura. Alrededor, los ciudadanos atienden al visitante con amabilidad y un orgullo sereno: Saben que están mostrando algo valioso que recibieron de otras generaciones y deberán entregar a las siguientes.
Ese orgullo de pertenencia se nota en la limpieza, el orden y la conservación. Brujas no parece una ciudad disfrazada para el turista; se siente como una comunidad que decidió proteger su identidad con creatividad, respeto y una profunda visión de largo plazo. Sus calles angostas no fueron destruidas para facilitar la modernidad. La modernidad tuvo que aprender a convivir con ellas.
En ese paisaje descubrí también la Basílica de la Santa Sangre, un templo católico que custodia una reliquia venerada como la Sangre de Jesucristo. La ciudad no solo conserva piedras y fachadas; protege su espiritualidad y una tradición que une fe, historia y participación ciudadana.
Desde 1304, la Procesión de la Santa Sangre recorre su centro histórico y actualmente convoca a alrededor de 1,800 participantes. Comprendí entonces que toda Brujas es un bello museo vivo: Cada rincón, cada calle y cada sonrisa comparte una herencia cuidada con respeto.
INNOVAR SIN LASTIMAR LA CIUDAD
El mejor ejemplo se encuentra debajo de sus calles. La cervecería De Halve Maan produce cerveza en el centro histórico, pero parte del procesamiento y embotellado se realiza fuera de esa zona. Transportarla en camiones significaba tránsito, ruido, emisiones y desgaste para las calles empedradas.
La solución fue extraordinaria: Construir una tubería subterránea para trasladar la cerveza, como sucede con el agua, el gas o el petróleo. El ducto, inaugurado en 2016, mide 3,276 metros y llega a pasar a unos 34 metros de profundidad. Cruza debajo de espacios públicos, canales y antiguas murallas, utilizando técnicas que redujeron la necesidad de abrir las calles.
No se llevó la fábrica histórica a otro lugar ni se sacrificó la ciudad para facilitar la operación. Se diseñó una alternativa que permitió conservar la actividad económica, proteger el patrimonio y disminuir el paso de vehículos pesados. Eso es innovación con responsabilidad ciudadana: Resolver una necesidad privada generando también un beneficio colectivo.
La ciudad ofrece otra conexión entre tradición e intercambio cultural: El chocolate. Sus chocolaterías transforman el cacao en piezas de enorme calidad y creatividad. Pero la historia del chocolate comenzó mucho antes de Bélgica. Sus raíces se encuentran en Mesoamérica, entre pueblos que cultivaron y dieron valor al cacao, incluyendo el mundo maya relacionado con la península de Yucatán. Europa recibió ese legado y los chocolateros belgas desarrollaron técnicas que hoy distinguen sus productos.
La enseñanza es poderosa: Ninguna ciudad prospera aislada. La riqueza también nace cuando una comunidad reconoce lo que ha recibido de otras culturas, agrega conocimiento y comparte el resultado con el mundo.
¿QUÉ PODEMOS APRENDER EN CAJEME?
Ciudad Obregón es mucho más joven que Brujas, pero también posee memoria, identidad y espacios que merecen conservarse. Nuestros barrios, edificios, canales, plazas, mercados, árboles y tradiciones cuentan quiénes somos. Esperar que solamente el Gobierno los cuide es renunciar a una parte de nuestra responsabilidad.
El ciudadano responsable no tira basura, respeta los espacios comunes, reporta daños y participa en su colonia. También pregunta cómo pueden modernizarse los servicios sin destruir lo valioso. Una calle limpia, una fachada conservada, una banqueta libre y un árbol cuidado parecen acciones pequeñas, pero juntas construyen identidad y confianza.
También debemos aprender a recibir. Un visitante recuerda los monumentos, pero recuerda todavía más el trato de la gente. La amabilidad, la orientación y el orgullo con que hablamos de Cajeme pueden convertirse en una forma de promoción, hospitalidad y desarrollo económico.
MINI-RETO DE LA SEMANA
Recorre una calle de tu colonia y observa con atención. Identifica un espacio que deba limpiarse, repararse o conservarse. Toma una acción concreta, invita a otra persona y comparte por qué ese lugar forma parte de nuestra identidad.
Una ciudad no conserva su historia únicamente restaurando edificios: La mantiene viva cuando sus ciudadanos la conocen, la respetan y encuentran maneras inteligentes de conducirla hacia el futuro.
Porque una gran ciudad no se hereda: Se construye entre todos.
¡QUE VIVA MÉXICO, HACIENDO POR MI CIUDAD!
No olvidemos que este próximo 2027 celebraremos nuestro 1er. centenario
Gracias, estimado lector, por leer esta columna.

