Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios

“Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”

Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios

El Evangelio de este domingo 18 de octubre nos presenta a Jesús ante una pregunta tramposa sobre el pago de los impuestos al César. Su respuesta, “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), sigue interpelando nuestra conciencia y nuestra responsabilidad como ciudadanos. ¿Cómo vivir la fe en medio de la política, distinguir lo legal de lo moral y exigir que la autoridad sirva verdaderamente al bien común? La respuesta de Cristo nos invita a cumplir nuestros deberes, defender la dignidad humana y recordar que, por encima de cualquier partido o gobernante, nuestra conciencia pertenece a Dios.

LA MONEDA NO HACE AL CÉSAR DUEÑO DE LA CONCIENCIA

Jesús no autoriza al poder político a hacer lo que quiera ni invita a los creyentes a desentenderse de la vida pública. Nos recuerda que tenemos responsabilidades ciudadanas, pero ningún poder humano es absoluto ni puede ocupar el lugar de Dios.

Jesús pregunta de quién es la imagen grabada en la moneda: del César. Pero cada persona lleva una dignidad que ningún gobernante concede, pues ha sido creada a imagen de Dios (Gn 1,26-27). La autoridad civil puede organizar la convivencia y establecer leyes, pero no convertir lo injusto en justo ni exigir obediencia contraria a la ley moral.

La Doctrina Social de la Iglesia enseña que la autoridad política debe servir a la persona y al bien común. El Catecismo recuerda que la autoridad debe promover la dignidad humana, la justicia y la paz (CIC, 2235-2237). Gobernar no es poseer el país; es asumir una responsabilidad de servicio.

LEGAL NO SIEMPRE SIGNIFICA MORAL

Una confusión de nuestro tiempo es creer que, si una conducta se vuelve legal, automáticamente se vuelve buena. No es así. La ley civil regula la convivencia; la ley moral también interpela nuestra conciencia. La legalidad de una práctica no resuelve por sí sola su valoración moral.

La Iglesia enseña que la vida humana debe protegerse desde la concepción y considera gravemente inmoral el aborto directamente provocado (Catecismo, 2270-2273). San Juan Pablo II examinó en Evangelium vitae el deber cristiano ante leyes que legitiman el aborto o la eutanasia (n. 73). La eutanasia debe distinguirse del rechazo de tratamientos desproporcionados, que puede ser legítimo (CIC, 2277-2278). Sobre las drogas, el Catecismo advierte de los daños graves de su uso, salvo razones estrictamente terapéuticas (CIC, 2291).

Estas enseñanzas no autorizan a despreciar a quien piensa distinto. Nos exigen formar la conciencia, argumentar honestamente y participar en la vida pública sin ocultar nuestras convicciones.

CRITICAR AL PODER TAMBIÉN ES RESPONSABILIDAD CIUDADANA

Pagar impuestos no significa aprobar la corrupción. Respetar las instituciones no significa callar ante el abuso. Denunciar una injusticia no significa odiar a quienes gobiernan. Un ciudadano puede cumplir sus obligaciones y exigir transparencia, rendición de cuentas y uso honesto de los recursos públicos.

El Catecismo incluye el pago de impuestos entre los deberes ciudadanos (CIC, 2240); también reconoce el derecho y, en ocasiones, el deber de expresar críticas justas cuando están en juego la dignidad humana y el bien común (CIC, 2238 y 2246). La respuesta a la corrupción no es la complicidad ni la acusación sin pruebas: Es documentar, denunciar por vías legítimas y pedir cuentas.

La democracia no puede reducirse a votar cada cierto tiempo ni a entregar un cheque en blanco a un partido. Cuando los intereses partidistas se imponen al bien común y se pide a los ciudadanos aplaudir en vez de cuestionar, la vida democrática se empobrece. Podemos llamar a ese riesgo “partidocracia”: una política dominada por los partidos y sus intereses, en detrimento de la participación ciudadana. Esta crítica debe aplicarse a cualquier partido y gobierno.

NO SE TRATA DE CAMBIAR DE PARTIDO, SINO DE CAMBIAR DE CRITERIO

La pregunta cristiana no es si una propuesta viene de la izquierda, del centro o de la derecha. Es si respeta la dignidad humana, protege los derechos fundamentales y sirve al bien común. Ningún partido posee el monopolio de la verdad moral; ningún gobernante está por encima de la evaluación ética de sus actos.

Tampoco basta con denunciar las faltas ajenas. La corrupción empieza cuando justificamos una mentira porque nos beneficia, aceptamos una pequeña trampa o callamos ante un abuso que nos conviene. El Evangelio llama a la conversión tanto al gobernante como al ciudadano, al opositor como al simpatizante.

“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). No es una licencia para desobedecer cualquier ley por capricho; recuerda que la obediencia civil tiene límites morales y que los conflictos de conciencia requieren discernimiento serio (CIC, 2242).

LA PREGUNTA QUE NO PODEMOS EVADIR

Dar al César lo que es del César significa cumplir nuestros deberes ciudadanos; dar a Dios lo que es de Dios significa no vender la conciencia, defender la dignidad humana y trabajar por una sociedad justa. La fe no nos pide ser cómplices del poder ni espectadores resignados; nos llama a actuar con verdad, prudencia, valentía y caridad.

Antes de señalar al gobernante, examinemos nuestra conducta. ¿Exigimos honestidad en casa y en el trabajo? ¿Pedimos justicia para todos o solo cuando nos favorece? ¿Defendemos la dignidad humana incluso cuando incomoda a nuestro grupo político?

La moneda llevaba la imagen del César; nosotros llevamos la imagen de Dios. Ningún partido, gobierno o ideología puede reclamar nuestra conciencia. La política debe servir a la persona, no servirse de ella.

MARÍA DE GUADALUPE, CONCIENCIA DE JUSTICIA Y SERVICIO

María también ilumina nuestra relación con Dios y nuestras responsabilidades en el mundo. Ella, que proclamó que el Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52), nos enseña a mirar el poder desde la justicia de Dios y la dignidad de los pequeños. Su vida estuvo enteramente entregada al Señor, como expresa su respuesta: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). En María descubrimos que dar a Dios lo que es de Dios comienza con un corazón disponible para cumplir su voluntad y servir al prójimo. Que Santa María de Guadalupe, defensora de la vida y Madre de nuestra nación, nos acompañe para vivir una fe comprometida, formar conciencias rectas y trabajar por una sociedad donde la autoridad sea servicio, la justicia proteja al débil y la verdad esté por encima de cualquier interés.

ORACIÓN FINAL

Señor Dios, fuente de justicia y verdad, danos un corazón recto para discernir, valentía para denunciar el abuso sin odio y humildad para reconocer nuestras faltas.

Ilumina a quienes gobiernan para que ejerzan la autoridad como servicio, y fortalece a los ciudadanos para que busquemos el bien común con responsabilidad y paz.

Que no vendamos nuestra conciencia por miedo o conveniencia.

Por intercesión de María, enséñanos a escuchar tu Palabra y ponerla en práctica.

Amén.