Febrero tiene 28 días por una combinación de historia antigua y cálculos astronómicos que se remontan al Imperio Romano.
El calendario original romano, atribuido a Rómulo, solo tenía 10 meses y 304 días. Con el tiempo, el rey Numa Pompilio añadió enero y febrero para ajustar el calendario al ciclo lunar. En ese momento, los meses tenían una duración irregular y febrero quedó con menos días.
LA REFORMA DE JULIO CÉSAR
En el año 46 a.C., Julio César impulsó una reforma que dio origen al calendario juliano. Este nuevo sistema se basó en el ciclo solar de aproximadamente 365 días y estableció un año de 365 días con un día extra cada cuatro años, es decir, el año bisiesto.
Para lograr ese ajuste matemático, uno de los meses debía ser más corto, y febrero quedó con 28 días en los años normales y 29 en los bisiestos.
Existe una versión popular que señala que Augusto modificó la duración de algunos meses para que agosto tuviera la misma cantidad de días que julio, en honor a Julio César. Aunque la historia ha sido debatida por historiadores, lo cierto es que febrero terminó siendo el mes que absorbió los ajustes necesarios para cuadrar el calendario.
EL CALENDARIO GREGORIANO
Siglos después, en 1582, se implementó el calendario gregoriano, que es el que utilizamos actualmente. Este sistema corrigió pequeños desfases del calendario juliano para mantener alineadas las fechas con las estaciones del año.
El calendario gregoriano mantiene la misma regla básica:
- Año normal: febrero tiene 28 días.
- Año bisiesto: febrero tiene 29 días.
El año bisiesto ocurre cada cuatro años, excepto en años que terminan en 00, a menos que sean divisibles entre 400.
¿POR QUÉ NO SE CAMBIARON LOS DÍAS DE FEBRERO?
La razón principal es práctica. Cambiar la duración de los meses implicaría modificar contratos, sistemas legales, ciclos fiscales y calendarios internacionales. Por eso, el modelo heredado del calendario romano se mantuvo.
En resumen, febrero tiene 28 días porque fue el mes elegido históricamente para absorber los ajustes necesarios que permiten que el calendario coincida con el tiempo real que tarda la Tierra en dar una vuelta al Sol.



