Una controversia inesperada sacudió al movimiento olímpico luego de que varios atletas denunciaran desperfectos en las medallas de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina. Lo que debía ser un momento de celebración y orgullo deportivo se transformó en preocupación, obligando al comité organizador a iniciar una investigación urgente.
El tema salió a la luz cuando deportistas de distintas disciplinas y países comenzaron a compartir experiencias similares, las preseas se desprendieron del cordón o presentaron fallas durante festejos normales, como saltar o levantar los brazos en el podio. La repetición de casos evidenció que no se trataba de un incidente aislado, sino de un posible problema estructural en la fabricación.
La campeona olímpica estadounidense Breezy Johnson fue una de las primeras en relatar públicamente lo ocurrido. A las denuncias iniciales se sumaron la esquiadora sueca Ebba Andersson, la patinadora artística Alysa Liu y el biatleta alemán Justus Strelow. Este último decidió reparar su medalla por cuenta propia, aceptando un daño visible como recuerdo permanente.
RESPUESTA DEL COMITÉ ORGANIZADOR
Ante la presión mediática, Andrea Francisi, director de operaciones de los Juegos, confirmó el inicio de una investigación interna. El análisis contempla materiales, diseño del cordón, procesos de ensamblaje y controles de calidad, con el objetivo de identificar el origen de las fallas y evitar que el problema se repita.
Las medallas olímpicas representan años de esfuerzo, sacrificio y disciplina. Cualquier defecto afecta no solo el objeto físico, sino también la experiencia emocional del atleta y la imagen del evento.
ANTECEDENTES QUE AUMENTAN LA PRESIÓN
La polémica recuerda lo ocurrido tras los Juegos Olímpicos de París 2024, cuando atletas denunciaron que sus preseas se empañaron o deterioraron poco tiempo después. Ese antecedente refuerza la necesidad de revisar proveedores y elevar los estándares de control para proteger uno de los símbolos más importantes del deporte mundial.




